14 nov 2011

La Terquedad

No admitimos, no nos animamos, pero siempre, sabemos que lo pensamos. No nos da la cara para decirlo, pero en nuestra mente se dibuja a la perfección el contorno del remordimiento. Somos y seremos, incapaces de jugar a un juego cuyas reglas no podemos cambiar. Nos escondemos tras las normas de lo correcto y seguimos discutiendo lo que se ha quedado sin argumentos. Pero… ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué pensamos y no actuamos? Para esas preguntas y dudas que surgen de a momentos, hay una respuesta: el miedo a cometer un error, que siempre va a ser un error. Siempre hablamos de más, intentamos escabullirnos en palabras que no existen, mientras las miradas acusadores delatan nuestras intenciones. Ojos de pánico al descubrir que no estamos seguros de lo que decimos, que no podemos sostener ese sentido que le damos a todo lo que conlleve, la terquedad.

Caminamos al llano de un camino que se encorva, sobre la circunferencia de una línea recta. Nos adentramos en un mundo inhabitable, y habitamos un cielo sin estrellas. Tercos a la hora de llorar, a la hora de reír, tercos y sin aceptar, que el otro también tiene derecho a ser feliz. No pensamos en la aceptación, siempre prejuzgamos aquella intención que no es lo que parece, y siempre parece no ser nada más que un fantasma tratando de orbitar esa queja que divaga, por donde nadie puede divagar.

Tercos, persistentes en el “no ceder”, incoherentes al no ver que todos tienen que dar de sí, al menos un acto escaso, pero siempre ese acto debe decir presente. No reconocemos, ni damos la opción de reconocer, creemos que sabemos, pero seguimos sin crecer.

Actitud nativa de la vida, con afanes de cambiar. No volver a los orígenes, y de una vez, enterrar a la terquedad.

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